Las reflexiones son para el verano

A pesar de la similitud entre el título de este artículo y el de la famosa película de 1983 "Las bicicletas son para el verano", magníficamente dirigida por Jaime Chavarri, no me voy a referir a nada relacionado con el guión de la misma centrado en la confrontación civil española de 1936. Muy lejos de ello me voy a centrar en los largos momentos para la reflexión, la lectura y el pensamiento creativo que, a modo de manojo de oportunidades, no ofrece el periodo estival. Releyendo un repertorio de cuentos japoneses, hindúes y chinos, me topé de nuevo, ya lo había hecho con anterioridad, con el cuento taoísta del siglo III A.C., "El sonido del bosque", convertido en tratado de las buenas relaciones personales y profesionales a partir de la necesidad del rey Ts’ao de enviar a su hijo, el príncipe T’ai, al templo a estudiar con el gran maestro Pan Ku para garantizar que éste, su hijo, aprendiera los principios fundamentales para ser un buen gobernante en el futuro. Al llegar al templo, el gran maestro invitó al joven príncipe a que pasase un año solo en el bosque de Min-Li y que, a su vuelta, le contase al maestro el sonido del bosque. A su vuelta, el príncipe se afanó en explicarle, entre otros, cómo sonaba el cucú del cuclillo, el ruido de las hojas mecidas por el viento, el chirrido de los grillos y el gritar del viento. Pan Ku le manifestó su disconformidad con el resultado de su trabajo en el bosque y lo exhortó a que volviera en busca de los sonidos que no se oyen, de aquellos sonidos que requerían de una atención especial. Tras la perplejidad inicial, el joven príncipe inmerso en el nuevo deseo del maestro, pudo comprobar la verdad que escondía la nueva propuesta del maestro; habían ruidos detrás de los que habían sido perceptibles en su primera prueba. "Maestro, he oído el sonido de las flores al abrirse, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la hierba bebiendo el rocío de la mañana..." dijo a su vuelta. El maestro asintió con la cabeza como signo de aprobación para concluir diciéndole que "la muerte de los estados llega cuando los líderes sólo escuchan las palabras superficiales y no entran profundamente en el alma de las personas para oír sus verdaderas opiniones, sentimientos y deseos".

El paso de los siglos no hace sino que reforzar los viejos mensajes. A la capacidad de escuchar lo que los demás no nos dicen y ver más allá de lo que nuestro ojos ven, sería una buena definición de la empatía en clara alusión a la necesidad de ir más allá de las palabras y los hechos evidentes, para introducirnos en el terreno de las emociones como ya nos referíamos en nuestro artículo de 27 de marzo "El problema de escuchar para comprender" al que se puede acceder en nuestro blog (el-problema-de-escuchar-para-comprender)

En un mundo globalizado y competitivo como el de hoy, con organizaciones en las que sus protagonistas luchan por el éxito de forma a veces despiadada, nos abocamos a ignorar la realidad que hay detrás de cada persona, de cada colaborador, de cada miembro de nuestro equipo, limitando nuestra capacidad de escucha a los sonidos que oyera en su primer desplazamiento al bosque nuestro príncipe T’ai y no siempre tenemos a nuestro alcance a un gran maestro como Pan Ku, que nos invite y exhorte a volver al bosque en busca de nuevos sonidos. De ahí se derivan situaciones exitosas de algunos que menoscaban y arrinconan las realidades de los que hacen posible su éxito, en un ejercicio de egoísmo, seguro que a veces involuntario, o de cierta perversión cuando se es consciente de que se está dejando de escuchar lo que no nos dicen los que, en la mayoría de las ocasiones, son los verdaderos protagonistas de los logros que figuran en nuestro propio cuadro de méritos. 

Son esos sonidos silenciosos de los mensajes que recibimos, a veces imperceptibles, los que nos dan verdadera información sobre las posibilidades reales de acometer con éxito un proyecto mediante la colaboración, la implicación y el compromiso del equipo, los que acentúan el posicionamiento del líder generando credibilidad y los que, en definitiva, nos permiten compartir nuestro medallero personal con el resto del equipo.


Crear, diseñar y adaptar cualquier programa de formación a las necesidades reales de la empresa.

 


Potenciar el desarrollo de los equipos a partir de sus propias fortalezas.

 


Rentabilizar la inversión en formación mediante resultados prácticos, tangibles y transferibles.

 


Profundizar tanto en el qué debe saber el profesional, como en el cómo desarrollar su actividad.

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