La hora de la verdad de nuestros jóvenes

Los que tenemos la oportunidad de estar cerca, muy cerca, de los jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo por primera vez, disponemos de información sobre la preparación previa que aportan éstos a las organizaciones que los acogen. Me refiero a preparación, de forma deliberada, en lugar de referirme a su formación. Ésta, más o menos reglada, aporta una determinada titulación que puede tener denominaciones incluso rocambolescas. Visitando la página web del Ministerio de Educación y Formación Profesional, al referirse a las características y ventajas de la Formación Profesional (FP) se pronuncia sobre ésta como " a los estudios profesionales más cercanos a la realidad del mercado de trabajo y dan respuesta a la necesidad de personal cualificado especializado en los distintos sectores profesionales para responder a la actual demanda de empleo" que oferta más de 150 ciclos formativos dentro de 26 familias profesionales, con contenidos teóricos y prácticos adecuados a los diversos campos profesionales. 

Si ampliamos información acudiendo al BOE en el que se publica el Real Decreto 1105/2014 de 26 de diciembre, por el que se establece el currículo básico de la Educación Secundaria Obligatoria y del Bachillerato, establece que éste, el Bachillerato, "contribuirá a desarrollar en los alumnos y las alumnas las capacidades que les permitan, entre otros, ejercer la ciudadanía democrática, consolidar una madurez personal y social que les permita actuar de forma responsable y autónoma, fomentar la igualdad efectiva de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, afianzar los hábitos de lectura, estudio y disciplina..." y un largo etcétera cargado de no menos interesantes verbos relacionados con el desarrollo, en general, y calificativos con alta capacidad de persuasión.

Revisadas las dos principales fuentes de formación previa, aunque podríamos hacer, que no hemos hecho, un minucioso análisis de los estudios universitarios no específicamente relacionados con el contenido de este artículo, llegaríamos a la conclusión de que la diferencia entre la formación y la preparación es realmente abismal o, lo que es lo mismo, disponemos de formación que no prepara en algunos aspectos básicos y elementales para el desempeño en una sociedad cambiante y que adquiere cada día mayores niveles de complejidad. Nos estamos refiriendo, en concreto, a una formación financiera básica y a las habilidades, también básicas, que cualquier persona, independientemente de su edad, debe primero conocer y luego desarrollar. 

En el primer caso, la formación financiera básica, estamos pensando en la poca capacidad, preparación,  que nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, tienen para  abordar determinadas decisiones que van a tener que valorar en muchos de momentos relacionados con su actividad diaria. Una capacidad relacionada con el potencial para comprender una oferta de descuento, el impacto de una comisión por un descubierto en una cuenta bancaria o, simplemente, que la coyuntura actual de tipos de interés ha llevado a éstos al nivel cero o, incluso, negativo. Preparación ésta imprescindible para tomar decisiones que pueden comprometer parte de su incipiente economía en formación, que es precisa para decidirse por una disyuntiva que se le plantee o, incluso, para afrontar decisiones vitales que le comprometan por varios años contractualmente. En este sentido existen diferentes experimentos vinculados a determinados planes de formación pero bajo el formato "maría" o incluso sin llegar a tener esa consideración y siempre lejos de un planteamiento serio de transmitir conocimientos eficaces y favorecer el interés por aspectos que acabarán siendo de vital importancia.

Respecto al segundo aspecto, que brilla por su ausencia, nuestros jóvenes se relacionan por instinto, muchas veces sin filtro entre lo que piensan, dicen y transmiten y en poquísimas ocasiones les asiste ni el conocimiento ni el entrenamiento necesarios para hacer de sus relaciones, a todos los niveles, un marco apropiado para conseguir desarrollos de relación orientados a objetivos concretos.

Hoy día, donde los conocimientos "están a golpe de tecla" para contactar con el todo poderoso Sr. Google, los planes de formación no específicos en estos dos campos, deberían incorporar tanto la parte conceptual como práctica de estas dos áreas de conocimiento para que, a niveles básicos, dejaran de ser las grandes carencias con las que nuestro jóvenes se acaban enfrentando desde el momento cero en el que toman contacto con la realidad de ser "seres adultos" que le dedicaron parte de su vida a estudiar y prepararse en áreas con mucho interés potencial, pero desalineadas muchas veces, las más, con la realidad a la que se van a enfrentar. 

Si asumimos que el siglo XXI nos ha traído el conocimiento a la puerta de nuestras casas, a nuestro bolsillos, y que una sociedad avanzada y de corte capitalista conlleva el intercambio tanto económico como personal, potenciado exponencialmente por el uso de las Redes, se vislumbra el enorme hueco que existe entre la formación desarrollada y la preparación real obtenida con ésta, y entre la asunción de conocimientos y la capacidad para relacionarse con los demás, aunque los primeros sigan siendo proporcionalmente imprescindibles. El dilema es dónde está esa proporcionalidad y qué espacio dejan estos conocimientos a la capacidad para mejorar las relaciones interpersonales que, en muchas ocasiones, entrañan la necesidad de tomar decisiones de carácter económico, favoreciendo la aparición de un bucle tóxico y nocivo al que deberíamos dar una solución. 

 


Crear, diseñar y adaptar cualquier programa de formación a las necesidades reales de la empresa.

 


Potenciar el desarrollo de los equipos a partir de sus propias fortalezas.

 


Rentabilizar la inversión en formación mediante resultados prácticos, tangibles y transferibles.

 


Profundizar tanto en el qué debe saber el profesional, como en el cómo desarrollar su actividad.

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