LA NECESARIA METAMORFOSIS DE LA INTOLERANCIA

 

La vida en las organizaciones no siempre es fácil. El día a día es tozudo y se empeña  en irse a dormir cada día habiendo dejado su poso de intolerancia en un momento u otro de la jornada laboral. Cada día se hace más urgente promover el equilibrio entre las ideas, el respecto a las opiniones y el reconocimiento de los otros con derecho a ser aceptados en su individualidad y sus diferencias por mucho que éstas no nos acabe de gustar. Queramos o no, la intolerancia es la sabia que alimenta muchas de las posturas encontradas entre los equipos de una Organización y que acaba generando no pocos problemas de difícil solución. En contraposición, la tolerancia aparece difuminada en la mayoría de las ocasiones y el dilema es si se debe tolerar, o no, la intolerancia ya que, en un sentido amplio, tolerancia es permitir que cualquier idea, así como su expresión y los comportamientos a que dé lugar, se desarrollen sin trabas.

El sentido de la tolerancia es un auténtico misterio para mucha personas, grandes defensores de sus posiciones al margen de cuánto maduradas estén éstas y de cuánto racionales sean las de los demás, al margen de la posición jerárquica que cada uno detente. Para unos significa que vale todo, que nada se puede imponer por la fuerza. Para otros se trata de un término equivalente a la indiferencia e, incluso, hay quien piensa que, como todo es relativo, cada uno puede decir o escribir lo que le venga en gana.

Más allá del juego de palabras, tolerar la intolerancia nos estaría llevado a cometer un auténtico disparate, cayendo en el concepto absolutista de la tolerancia, ignorando que ésta tiene límites y, por tanto, hay que fijarlos, los límites, para que no desaparezca como tal y poder reconducir todas aquellas situaciones en las que la intolerancia nos lleva a no aceptar la realidad, eliminar al adversario, estorbar su existencia o su expresión, o no darle opción para manifestar su punto de vista, práctica ésta más habitual de lo que parece entre los directivos que abusan de su poder y olvidan como desarrollar su autoridad.

Desgraciadamente no se puede decir que la tolerancia sea una práctica habitual en el mundo actual y la vida en nuestras empresas así lo pone de manifiesto con actitudes de algunos que impiden que otros puedan aportar libremente sus opiniones y, lo que es peor, sus experiencias, con la consiguiente marginación de muchos compañeros por motivos relacionados con sus convicciones personales, profesionales o de cualquier otra índole. 

La tolerancia es la expresión más clara del respeto por los demás y, como tal, es un valor fundamental para la convivencia pacífica entre las personas, los integrantes de los equipos de trabajo o, incluso, las familias. En el ámbito profesional, la tolerancia tiene que ver con el reconocimiento de los otros como iguales al margen del nivel jerárquico que cada uno tiene, porque pensar de forma distinta no genera necesariamente una posición de rival o de contrario.

Los más intolerantes se esfuerzan por imponer su voluntad a toda costa, ignorando por completo cuánto de bueno pueden aportar los demás y desarrollando mensajes que, en muchas ocasiones, al margen de las palabras y más cargados de actitud, destilan violencia y agresividad.  

Quizás la historia Gregorio Samsa, el protagonista de La Metamorfosis del autor checo Franz Kafka, nos pueda servir para desarrollar esa transformación de nuestras Organizaciones, de nuestras relaciones entre los equipos o entre los seres más cercanos o más lejanos, aquellos con los que un día u otro tenemos que intercambiar nuestra opinión sobre algo, para hacer que la intolerancia que parece haberse apoderado de muchas de nuestras relaciones, se transforme en un vehículo de comprensión, reflexión y proximidad, que haga de nosotros mejores personas, mejores directivos, mejores a nuestras empresas y, por qué no, una sociedad más afable y comprensiva. 

 


Crear, diseñar y adaptar cualquier programa de formación a las necesidades reales de la empresa.

 


Potenciar el desarrollo de los equipos a partir de sus propias fortalezas.

 


Rentabilizar la inversión en formación mediante resultados prácticos, tangibles y transferibles.

 


Profundizar tanto en el qué debe saber el profesional, como en el cómo desarrollar su actividad.

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