YA DECIDIRÉ A LA VUELTA

Para los que hacemos las vacaciones, por obligación o por costumbre, en el mes de agosto, los meses previos a éste, sobre todo junio y julio, se convierten en escenarios poco o nada dados al desarrollo de proyectos que requieran un periodo dilatado de tiempo para su ejecución o, en ocasiones, esta es la justificación para convencernos de que vale la pena esperar a la vuelta de vacaciones. Así, de esta manera, son muchos los temas con los que nos encontramos al volver de vacaciones, momento que coincide con no pocas sensaciones que no acompañan para cumplir con el propósito previo al inicio de las mismas. Cierto nivel de ansiedad o presión emocional que debemos afrontar al retomar las tareas que dejamos pendientes o a las nuevas que se nos presentan y que conlleva un proceso adaptativo que, para algunas personas, puede resultar complicado de asumir mientras que para otras, para quienes el entorno laboral se compone de actividades gratas y creativas con un desarrollo de relaciones sociales satisfactorias, la vuelta a la “normalidad laboral” no supone ningún trastorno. Son muchos los especialistas que coinciden que, en el caso del os primeros, existen algunas conducats que pueden mitigar el impacto negativo referido:

• Programar el regreso a la normalidad profesional de manera relajada y con la máxima anticipación que el periodo de vacaciones nos permita.

• En el caso de desplazamientos fuera del entorno habitual, no dejar la vuelta del destino para el día antes dl inicio de la actividad, intentando crear un espacio de adaptación que nos de visión para recuperar las energías necesarias y para prepararnos física y mentalmente para el retorno a la actividad laboral.

• Al llegar al trabajo, revisar las notas creadas antes del inicio de las vacaciones como proceso de valoración de la intensidad con la que se acometerán los primeros días de actividad.

• Verificar el estad de las personas del equipo, yanto hacia arriba como hacia abajo, para para definir y detallar los objetivos para el período que se inicia, los medios y las expectativas del generales del equipo.

De todas maneras, incluso usando estas y otras medidas seudoterapéuticas, llega la hora de tomar decisiones al margen del estado general en el que nos incorporemos de nuevo a nuestra actividad. Pero quizás sea también una buena oportunidad para mejorar el proceso de toma de decisiones en general utilizando ese punto de encuentro entre lo que debemos hacer, lo viejo y lo nuevo, y lo que nos apetece hacer al inicio del "nuevo curso", como podríamos definir al reencuentro con la actividad abandonada durante el periodo estival. 

La capacidad de decidir es un don de todo ser humano aunque no todos tengamos el mismo valor para desarrollarlo en toda su plenitud. El motivo principal es  la complejidad de abordar las consecuencias de una decisión que la realidad se encargue posteriormente de demostrar que ha sido errónea o equivocada. En las fechas inmediatamente posteriores al descanso estival, incluso antes, se debe ser muy proactivo en la toma de decisiones que permitan abordar la "siguiente etapa" de la manera menos incómoda posible. Pero la realidad es caprichosa y no todos vamos a disponer de la misma capacidad para encontrar el momento "m" o momento en el que vamos a tomar la decisión sobre algo.

Las personas que gozan de mayor seguridad en sí mismos, suelen tener claras sus apetencias y necesidades en un momento determinado e incluso son capaces de vislumbrar los resultados de sus decisiones como consecuencia de una capacidad superior para encontrar en su biblioteca de sensaciones entornos similares en los que han tomado decisiones parecidas o asimilables. Ello facilita, sin duda, la toma de decisiones y mejora la probabilidad del éxito del resultado de las mismas. En el polo opuesto se encuentran las personas que carecen de la autoconfianza necesaria para considerar válidas sus propias ideas y eso repercute negativamente en la resolución de los momentos críticos en los que una decisión adecuada podría transformar, incluso, su propio rumbo personal y profesional. Es como si esperaran a que los cambios en su entorno se produjeran como consecuencia de las decisiones "que tomarán otros" en un intento de que las decisiones ajenas generen una especie de subalimento del que se puedan beneficiar sin haber tenido que decidir más allá de que "sean otros los que decidan". Cuando perciben que se están autoexcluyendo de su máxima responsabilidad como personas, la de decidir, acaban escogiendo entre las opciones que se les platean frente a un problema. De hecho, para las personas inseguras a la hora de tomar decisiones, dilatar o posponer una decisión es también una acción que nace de otra decisión.

La toma de decisiones en el momento de nuestra vida que corresponda ponerlas en marcha (que suele ser en mayor o menor medida de forma diaria), requiere de un proceso de reflexión generoso en cuanto al  increíble poder que tenemos todos y cada uno de nosotros en base a la capacidad de decisión que poseemos, tomando conciencia de que serán nuestras decisiones las que, en última instancia, marcan y marcarán nuestro destino personal y profesional. 

Esta situación, la de la falta de reflexión sobre el impacto de nuestras decisiones, se pone de manifiesto en muchas ocasiones como consecuencia del desarrollo de sesiones de formación que pretenden ser, además, sesiones consultivas, en las que el formador invita a los participantes a elaborar conclusiones sobre parte del temario trabajado o sobre algunos aspectos de éste. A la hora de elaborar conclusiones que les puedan llevar a tomar decisiones sobre ejes o puntos de mejora en su actividad, las miradas se pierden en el relieve de la moqueta de la sala, o en las páginas del flichard colgadas de las paredes; la ausencia voluntaria se mastica en el ambiente y son los menos los que se atreven a elaborar puntos de mejora que indefectiblemente requerirán, más pronto que tarde, tomar decisiones que se conviertan en transformadoras y puntos reales de mejora profesional. En el mejor de los casos se confunden las decisiones con una  serie de intenciones o deseos vagos que suelen ir precedidas de "Me gustaría", "Tendría que", "A ver si", Debería hacer", entre otras, que deberían ser capaces de sustituir por "Voy a", "Mañana empiezo con", etc.

Esa capacidad para toma decisiones es uno de los valores más demandados por las organizaciones en la actualidad. Hemos pasado del qué sabes hacer y qué has hecho en el pasado al qué eres capaz de hacer, incluyendo en este último, la capacidad que tengas para tomar decisiones acertadas en inicio aunque, a posteriori, se demuestre que no habías introducido las coordenadas exactas en el goniómetro de puntería. Este valor se escribe en mayúscula en las organizaciones cuando nos referimos a desempeños profesionales relacionados con la supervisión y la dirección. Se trata de un mensaje especialmente dirigido a personas que quieren mejorar su actuación y su desempeño y que, por tanto, son permeables a adoptar una conducta ejecutiva para evaluar la realidad, conocer la efectividad de sus posibilidades y aprovechar los recursos disponibles, para que estos factores, actuando con ellos equilibradamente, permitan avanzar en el difícil camino hacia la solución efectiva de los problemas que se le plantean o se le puedan plantear.

Y, en el contexto del "nuevo curso" ya referido, es probable que algunas de las decisiones dejadas para "la vuelta" se vean claramente abducidas por las nuevas decisiones que tengamos que tomar y, por lo tanto, acaben siendo situaciones que adquieran la categoría de incompletas o inacabadas, porque las vacaciones desarrollan una magia especial que nos conduce, en muchas ocasiones, a cierta dejación, abonada con la esencia de unos días, semanas, en las que nuestra prioridades nada han tenido que ver con las responsabilidades diferentes a las derivadas del merecido descanso estival. Por eso tenemos que enchufarnos a la alta tensión, incorporar un plus de conciencia profesional y conseguir aprovechar este momento para mejorar en propósitos y nuevas experiencias a desarrollar.

 

 


Crear, diseñar y adaptar cualquier programa de formación a las necesidades reales de la empresa.

 


Potenciar el desarrollo de los equipos a partir de sus propias fortalezas.

 


Rentabilizar la inversión en formación mediante resultados prácticos, tangibles y transferibles.

 


Profundizar tanto en el qué debe saber el profesional, como en el cómo desarrollar su actividad.

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